La de Jessie Buckley es una de esas historias tan normales que, precisamente por eso, resultan fascinantes. En apenas unos meses la irlandesa, de 36 años, ha pasado de ser prácticamente una desconocida a arrasar en la temporada de premios. Se lo ha llevado todo: el Globo de Oro, el Critic’s Choice, el Gotham, los de montones de asociaciones y, estos últimos días, el Bafta británico y el de los actores. Y, si nada se interpone en su camino, el domingo que viene se alzará, sonriente, nerviosa y auténtica como siempre, con el primer Oscar de su carrera. Aunque ahora sea la mimada de Hollywood, Buckley no lo ha tenido fácil para llegar ahí. En realidad, no parece otorgarle demasiada importancia. Vive en una destartalada casa de campo del siglo XV en plena campiña británica. Su marido es un total desconocido. No le preocupa demasiado la moda ni —por ahora— hace campañas publicitarias. Ha pasado por periodos de invisibilidad y depresión, como ella misma ha contado. Su capacidad de transformación —su pelo, siempre distinto; sus acentos, camaleónicos— ha conseguido ponerla donde está hoy, pero su carrera se alarga y ensancha desde hace más de una década, en el teatro, la televisión y hasta la música. De hecho, muchos no lo recuerdan, pero esta es su segunda nominación al Oscar. En la primera, por La hija oscura hace cuatro años, parecía claro que no ganaría. En esta segunda, lo extraño sería lo contrario. Su Agnes Shakespeare, la esposa de William Shakespeare en Hamnet, le ha dado todo.

